Septiembre del 75 es un documental sobre las últimas condenas a muerte del franquismo. Estuve a verlo el viernes, el día siguiente al estreno en Madrid, con uno de los protagonistas. Salí con la piel de gallina y una mala ostia inenarrable. No sólo por lo que se cuentan (palizas, juicios injustos, falta de memoria, ...) sino también por ver a dónde nos ha conducido tanto sacrificio: a una democracia circense puesta al servicio de los intereses partidistas y las ambiciones personales. Da pena ver cómo después de tanto dolor y tanta muerte, sólo quedó esto: el prado en el que las ovejas corruptas pastan a sus anchas, con una sociedad que ni siente ni padece. O eso parece, al menos.
Y lo jodido, pensaba al salir del cine, es que no fue hace tanto. Que ese dolor y esos mártires no son de aquellos primeros de la década de los cuarenta. Al contrario, es algo que ocurrió ayer mismo, apenas 34 años atrás, lo que en tiempo histórico es casi nada. Y sin embargo, nadie parece recordarlo: las instituciones ignoran a las familias y sus reclamaciones y en la calle nadie sabe nada ya de aquellos muertos. Si acaso, les suena Salvador Puig, y porque le hicieron una película. Y es triste. Es muy triste. Entre otras cosas porque esa gente que torturaba y mataba, brazo en alto, vuelve a estar en las calles, organizada y dispuesta a aprovechar el menor resquicio para recortar libertades o, simplemente, para hacer daño. Pero nadie parece enterarse, y mirá atrás como si aquellos últimos años del franquismo, tan cercanos, fueran un tema tabú. Y, por supuesto, sin rendir ningún homenaje a aquellos que, acertados o no, emprendieron la lucha contra una dictadura que creían que no iba a terminar nunca. Aquellos que, aunque pese a los políticos de la transición, fueron los auténticos artífices de la llegada de la democracia.
No es mucho lo que podemos hacer, es cierto. Pero al menos no olvidemos.
Ni olvido, ni perdón.
