Hay días en los que envidio profundamente a los que viven en otro país, en un país sin terrorismo; en un país que no tiene marcado en su rostro político cientos de muertos, decenas de bombas, millones de lágrimas. Hay días en que me entran ganas de gritar y maldecir. Pasa cada vez que ETA pone una bomba, cada vez que alguno de esos hijos de puta, en nombre de no sé qué patria, deciden que ellos deben matar y alguien debe morir.
Hay días en que su cobardía hace que me tiemblen las mandíbulas de ira. Siempre el coche bomba, siempre el tiro en la nuca; Siempre la pistola sobre la mesa impidiendo cualquier otra salida que la muerte.
Mientras el tercer mundo se desangra, mientras el planeta se rompe por los cuatro costados, aún hay idiotas - asesinos- enfrascados en luchas decimonónicas, en querellas que ya no tienen sentido o cuyo sentido ya ni siquiera ellos recuerdan.
Es triste ser español en días como estos, sí, pero también es un orgullo. Un orgullo al ver a la gente que no se resigna, que no se calla, que aprieta los puños y tira para adelante. Al ver las manifestaciones de la gente sencilla; de gente que tiene miedo, sí, pero que no está dispuesta a dejarse acojonar.
No pueden vencer.